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Fic: Los incendios forestales necesitan ignición (1) - How could anybody possibly know how I feel?
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Electra
Thursday, September 6th, 2012 07:57 pm
Fic: Los incendios forestales necesitan ignición (1)

Sherlock BBC. Teenage AU. Sherlock Holmes, John Watson, Jim Moriarty, Sebastian Moran, Irene Adler, Molly Hooper. Unas 17.000 palabras en total. Escrito para baby_bang_es y beteado por azefira.



1989



I.


Sherlock

Ese día Molly Hooper no había ido al instituto, lo cual, dado que era jueves y los jueves (entre el montón de asignaturas inútiles) tocaba prácticas de química en el laboratorio, era un inconveniente para Sherlock Holmes. No es que fuera a echarla de menos por su charla interesante y su agradable compañía. Todo lo contrario: iba a echarla de menos porque no charlaba demasiado dada su timidez (que se apreciaba en la forma en que tartamudeaba ligeramente y los constantes tics que no la dejaban tener las manos quietas ni un segundo, actuando como si alguien le estuviera vigilando, listo para reírse de ella a la mínima ocasión). Molly Hooper era la pareja ideal de laboratorio: hacía todo el aburrido trabajo, apuntaba pulcramente los aburridos resultados en el cuaderno y no soltaba aburridas sandeces cada dos por tres.

Como Molly Hooper no estaba, seguro que le tocaría sentarse con algún papanatas que iba a comportarse como un incordio y que, encima, le obligaría a hacer a él el estúpido experimento. Sherlock se dijo que, en el futuro, le exigiría a Molly que le dijera por adelantado qué días iba a faltar a clase para poder evitar situaciones desagradables como la que se le presentaba ante sus narices. Se sentó al fondo de la clase y esperó a ver quién se instalaba a su lado, planeando mentalmente una forma de huir de aquella tortura que se le venía encima.

- Hola. Me llamo John. Hoy es mi primer día aquí. La profesora me ha dicho que me siente aquí.

-Te compadezco – replicó Sherlock.

- ¿Por qué? ¿Por ser el nuevo? ¿O por tener que sentarme contigo? – respondió el tal John dejándose caer en el taburete.

- Por las dos cosas y también por llevar ese jersey tan ridículo.

- No creo que tú estés en mejor posición que yo: también vas a este instituto, eres el paria con el que nadie quiere sentarse y tiene que apechugar con el nuevo, y encima llevas el abrigo de tu abuelo.

- Touché.

Sherlock aún no había decidido si ese chico nuevo, con sus réplicas que pretendían ser cortantes, era de lo más insoportable o, por el contrario, bastante tolerable y moderadamente entretenido. Pero no tardó mucho en decidirse; fue cuando John se quejó de que aquella clase era una lata.

- ¡Tampoco pido que nos enseñen a fabricar una bomba! ¡Pero sí hacer algo más interesante que ver como un líquido cambia de color!

Siete minutos más tarde estaban esperando delante de la puerta del despacho del director.

- ¡Mi primer día y ya estoy en el despacho del director!

- No te preocupes, saldrás indemne; tengo la suficiente mala reputación como para quedar siempre como el malo. Tú simplemente vas a quedar como la pobre víctima inocente que se ha visto arrastrada por mi maldad.

- ¡Porque es lo que soy!

- Guárdate esta mentira para el director.

- ¡Cómo!

- Ha sido idea tuya hacer algo más interesante que ver cómo un líquido cambia de color.

- ¡Era sólo hablar por hablar!

- Hablar por hablar es de lo más estúpido.

- ¡Es lo que hace la gente!

- ¿Esto pretende ser una réplica? Porque si lo es, es muy fácil de rebatir: la gente es estúpida.

John dejó escapar un gruñido de frustración. Se quedó en silencio unos instantes y luego Sherlock oyó que estaba haciendo un ruidito entrecortado que no sabía bien qué era. Se giró para observarlo y vio que se le estaba escapando la risa. Sherlock no pudo evitar sonreír, John dejó de aguantarse la risa y empezó a reír de forma cada vez más incontrolable, en fuertes carcajadas. Sherlock, otra vez, no puedo evitar empezar a reír también y John, entre risotadas, dijo:

- Ha sido tan bueno cuando ha empezado a salir esa espuma amarilla… Y la peste que echaba… Y las caras de pánico que han puesto todos…

- Sí, no ha estado mal. Y además nos ha librado de la clase de química.



John

Nadie puede dudar de la inteligencia de Sherlock y es una lástima que se empeñe en no desarrollarla el máximo posible. Hoy he visto, por encima de su hombro, su examen de astronomía y, entre las respuestas que ha dado, he podido ojear que había escrito que el sol giraba alrededor de la Tierra. Esto me ha dado una buena oportunidad para desternillarme a su costa; por una vez era yo quien se reía de su estupidez y no al revés. Él se ha excusado argumentando que estos eran datos inútiles, que el cerebro tenía un tope y que no quería llenarlo con datos improductivos que ocuparían el lugar que estaba reservando a datos realmente útiles. He intentado convencerle de que lo que él llama datos inútiles son conocimientos básicos que todo el mundo debe tener para ir preparado para la vida, pero todo ha sido en vano.

Además de en astronomía, los conocimientos de Sherlock en literatura, filosofía, política y cultura popular también son nulos. En cambio, son profundos pero no sistemáticos en geología y botánica; por ejemplo, puede distinguir de un solo vistazo cualquier tipo de tierra (como si fuera un prestidigitador, varias veces ha adivinado por dónde he estado paseando sólo con observar el fango que ha manchado mis pantalones o mis zapatos) pero no tiene ni la más remota idea de lo que es la tectónica de placas. Pero en lo que sobresale más es en matemáticas y sobre todo química, hasta el punto de que todo lo que hacemos en clase le parece mortalmente aburrido y se niega a resolver los problemas o contestar las preguntas, de modo que estas asignaturas también las acaba suspendiendo. Por otro lado, si bien aborrece todo lo relacionado con la literatura, no soporta que se mancillen las reglas lingüísticas, así que frecuentemente corrige los errores gramaticales de los profesores, incluso el de lengua, cosa que le hace ganarse continuas expulsiones del aula.





Jim

El profesor de gimnasia (perdón, educación física), para quedar como un profe enrollado entre los alumnos, se ha inventado un juego que consiste en hacer un partido de fútbol cogidos de la mano: un chico coge de la mano a una chica y tienen que jugar al fútbol sin soltarse de la mano, como si fueran un solo jugador. Como hay menos chicas que chicos, a Jim Moriarty le ha tocado ir cogido de la mano con el tardón de la clase. Toda la clase se ha puesto a reír por lo bajines y Jim ha fantaseado con la idea de entrar un día en clase con una escopeta y cargárselos a todos; la fantasía ha sido tan real que incluso ha podido ver con impecable nitidez como los sesos de la zorra de Jenny Stevenson se estampaban contra la pared y los rostros de terror de todos sus compañeros al comprender que iban a morir.

El tardón se llama Sebastian Moran. Jim se ha fijado en él como se fija en todo. Es nuevo este año y, aparentemente, ha adoptado el papel de rebelde: siempre lleva una chupa de cuero y una permanente expresión de pasota en el rostro. A las chicas les encanta. Si se ha quedado desemparejado es sólo porque ha llegado tarde, arrastrando cansinamente los pies, cosa que le ha ganado una regañina simpática del simpático profesor de gimnasia (perdón, educación física). Jim se arrepiente de no haber hecho campana. Le gustaría mandar toda esta farsa del instituto a la mierda, pero sabe que la clave para el futuro exitoso con el que sueña es pasar desapercibido, fingir que es uno más del montón.

Jim se consuela pensando que podría haber sido peor; al menos Sebastian no tiene ni pizca de ganas de jugar, así que los dos se quedan plantados en la defensa y, cuando viene la pelota, la esquivan. Sería realmente ridículo correr de un lado para otro, cogidos de la mano, detrás de la pelota, pero ya es lo suficientemente ridículo tener que quedarse quietos cogidos de la mano durante una hora.

- Rebelde sin causa, ¿cuán de lejos eres capaz de enviar la pelota?

Sebastian Moran se encoje de hombros.

- ¿Crees que podrías enviarla más allá de la valla para que se perdiera entre los matorrales?

Sebastian no responde, pero cuando la pelota vuelve a acercársele, en lugar de esquivarla, la chuta con todas sus fuerzas.

- ¡Joder, Sebastian, ya te vale! – se quejan los deportistas de la clase, decepcionados porque la pelota se ha perdido a lo lejos y van a perder unos valiosos minutos de juego buscándola.

- Ahora es el momento de pirárselas - enuncia Jim.

Sebastian hace el amago de arrancar a correr aún sujetando la mano de Jim, pero Jim lo agarra con fuerza y lo frena.

- No es necesario correr. Están todos demasiado ocupados buscando su querida pelota y nuestras pisadas corriendo llamarían más su atención que si hacemos una retirada silenciosa – explica Jim.

Así, con parsimonia, es como se lanzan a la fuga. La primera parada es en los vestuarios. Jim recoje sus cosas y Sebastian se sienta.

- ¿Tan cansado estás, Sid Vicious? No podemos quedarnos aquí, es el primer lugar donde buscará el atontado del profe.

- Me llamo Sebastian y soy más de The Clash - es lo único que responde éste.

- De acuerdo, Se-bas-tian – contesta Jim, puntuando cada una de las sílabas del nombre como si fuera una nota de un arpegio.

Cogen sus cosas, escalan el muro que rodea el instituto y se refugian en un parque que hay al lado. Sebastian saca un paquete de cigarrillos y ofrece uno a Jim. Por supuesto que el rebelde Sebastian Moran fuma, pero Jim lo acepta sin hacer ningún comentario porque nunca dice que no a un cigarrillo.



Sebastian

El castigo por habernos fugado de clase de gimnasia ha sido quedarnos, durante dos semanas, todas las tardes después de clase a limpiar el patio. En este instituto les mola poner castigos presuntamente originales. Le pregunté a JM si creía que había valido la pena y me dijo que la partida aún no se había terminado. Yo insinué que deberíamos pincharle las ruedas o rallarle el coche, pero JM dijo que eso era demasiado visto e inofensivo. JM puede ser un poco capullo, pero yo no estaba de humor para discutir y me callé. Dos días después me enteré de que estaba en el hospital porque había tenido un accidente de coche; por lo que se rumoreaba, le habían fallado los frenos. Busqué a JM y le pregunté si había sido él y no fingió que no sabía de qué estaba hablando, sólo me contestó con una sonrisa extraña que un pecador nunca revela sus faltas si no es bajo secreto de confesión. Supongo que le gusta hacerse el interesante, pero supongo que la única persona mínimamente interesante de este instituto tiene algo de derecho a hacerse el interesante.





Sherlock

Para Sherlock la vida a los quince años no era más que una serie de obligaciones engorrosas que le imponían los adultos, una sucesión de compromisos estúpidos que podían ser útiles para la gente estúpida pero no para él, una obligación convencional tras otra, y así hasta el infinito. Sherlock estaba impaciente por ser ya un adulto y poder decidir por sí mismo y no tener que adaptarse a las convenciones que le dictaban los adultos. Sabía, por todos los libros de psicología barata dirigidos a padres de adolescentes que habían caído en sus manos, que aquel anhelo de hacerse mayor era el anhelo que tenían todos los adolescentes y le daba algo de rabia (aunque fuera sólo por una vez) ser tan previsible; aunque sólo fuera en la forma y no en el fondo.

Sea como fuera, la adolescencia era como estar atrapado en una sala de espera con revistas tediosas y compañía fastidiosa. Estaba dando vueltas a este asunto, precisamente cuando se encontraba en una sala de espera, la sala de espera de la psicóloga a la que se veía obligado a ir una vez a la semana. Delante suyo había un chico de aproximadamente su misma edad, leyendo un cómic de Superman con expresión de hastío. Por su postura (sentado en la punta de la silla y con la espalda formando una curva ante la que todos los osteópatas se llevarían las manos a la cabeza) y por su ropa (tejanos caros pero con un corte hecho con un tijeretazo demasiado pulcro e intencionado), Sherlock supo que sería un cómplice idóneo para el plan que se le acababa de ocurrir.

- ¿No estás harto de contarle siempre las mismas chorradas que quiere oír?

El chico alzó la vista del cómic y se encogió de hombros.

- ¿No te gustaría librarte, aunque sólo fuera por un día?

El chico no respondió ni ni no, simplemente preguntó ¿cómo?. Sin embargo, después sí que empezó a poner objeciones:

- ¿Qué es esto? ¿Salsa de tomate?

- No, es una sustancia que he creado yo que tiene el mismo color y textura que la sangre, pero no el mismo sabor.

- O sea, salsa de tomate – insistió con una media sonrisa burlona.

- ¿Quieres escaquearte o quieres quedarte aquí discutiendo sobre cosas que no entiendes?

Cuando el chico se enteró de que tenían que fingir que se peleaban se mostró mucho más cooperativo y, después de gritar acción, se metió demasiado en el papel y llegó a darle de verdad. Al oír el alboroto, la psicóloga salió de su consulta, los separó y, tal como había previsto Sherlock, sólo bastó un poco de sobreactuación plañidera para que saliera de ella misma la idea de que un médico debía ver esas heridas que tenían y que la sesión de aquel día podía anularse perfectamente.

Una vez libres, el chico le ofreció un cigarrillo. Sherlock temía que aquello fuera la excusa para entablar una conversación, pero sin embargo aceptó porque nunca decía que no a una dosis de nicotina.

- ¿Por qué te expulsaron de la academia militar?

- Joder, si me he saltado la visita con la loquera, ha sido para evitarme preguntas de este tipo.

Ésa no era la respuesta que esperaba Sherlock; había esperado algo de sorpresa ante la deducción que había sacado con sólo unos datos escasos; al fin y al cabo, no es que la gente normal fuera capaz de hacer conclusiones de este tipo a diario.

- No es que me interese, pero he pensado que quizás tú querías algo de conversación.

Por toda respuesta el chico resopló, dejando escapar el humo de su cigarrillo por la nariz.

- ¿No te gustaría saber cómo he sabido que te habían expulsado de una academia militar? – no pudo evitar preguntar Sherlock.

- Ya me lo han dicho antes: mi corte de pelo, que no concuerda con mi forma de vestir.

Sherlock estaba dudando sobre si preguntarle quién se lo había dicho. Tenía auténtica curiosidad; no había muchas personas en el mundo que pudieran hacer gala de una capacidad de deducción parecida. Por lo tanto, no había nada malo en tener curiosidad, porque no se trataba de una curiosidad trivial. Cuando Sherlock iba a abrir la boca, el chico dio una calada a su cigarrillo y dijo:

- Bueno, te dejo para que vayas a jugar a hacer pinturitas de color de sangre. Yo tengo cosas más interesantes que hacer.

Y Sherlock se quedó observando como el chico se marchaba, sin saber ni siquiera su nombre, y aún menos el nombre de la persona que, como él, había deducido que lo habían echado de una academia militar. Pero se dijo que tampoco tenía tanta importancia; él no creía en el destino ni chorradas parecidas, pero estaba seguro de que si había alguien tan excepcional como él, tarde o temprano sus caminos se acabarían cruzando.



John

Muchas tardes Sherlock viene a ver mi entrenamiento de rugby. Se queda sentado en las gradas leyendo una biografía de algún asesino en serie o algún libro sobre crímenes no resueltos de la época victoriana. Cuando terminamos vamos un rato a su casa. Por el camino me habla, por ejemplo, de como un criminal del siglo dieciocho fue ahorcado pero, como había trazado un elaborado plan para que su ejecución fuera sólo aparente, pudo sobrevivir a ella, o de que ha descubierto un compuesto químico que le permite sacar a la luz restos de sangre que aparentemente hace mucho tiempo que ya se han desvanecido.



Los otros creen que Sherlock es una persona callada, pero no hay nada más lejos de la verdad. Se trata sólo de ganarse la confianza de Sherlock y que éste esté de buen humor; entonces se puede pasar horas sin parar de hablar, literalmente; por más que la mitad de las veces yo mismo no entiendo lo que me está contando. Sin embargo, que no entienda lo que me está explicando, tampoco me impide burlarme un poco de él, hacerle enfadar diciéndole que sus averiguaciones no tienen absolutamente ninguna importancia ni utilidad.



Sherlock vive con una mujer a la que llama señora Hudson. Le he preguntado varias veces por ella y sólo he podido sonsacarle que es la señora Hudson. Sobre temas personales Sherlock sí que se mantiene siempre callado, pero he intuido que no es por una cuestión de reserva sino porque considera que son temas nada interesantes con los que no vale la pena perder el tiempo. Sea como sea, la señora Hudson (que es la única persona adulta a la que he visto que Sherlock trata con respeto) suele prepararnos té y galletas, y me quedo en su casa hasta que es la hora de cenar. Por más que seamos muy distintos, me agrada su compañía y considero que me ha ayudado mucho a adaptarme a este nuevo instituto, por más que cualquier observador externo llegaría a la conclusión de que no me he adaptado ni remotamente, pero yo sería capaz de defender y argumentar lo contrario.





Irene

Las otras niñas querían ser enfermeras, peluqueras o maestras, pero ella siempre había querido ser rica, millonaria, tener más dinero del que pudiera llegar a contar para comprarse todo lo que le apeteciera cuando le apeteciera. Pronto había aprendido cómo obtener de los adultos todo lo que quería: bastaba con poner ojos llorosos y suplicantes y labios temblorosos, y cuando se lo concedían, lanzarse al cuello de su bienhechor y colmarlo de besos. Sus hermanas siempre se quejaban de que era la niña mimada, pero ella sabía que si conseguía todo lo que se proponía era porque nunca se rendía. Con el tiempo, sus padres, tíos y abuelos llegaron a ver sus caprichos (fueran vestidos de seda o clases de equitación) como una inversión a largo plazo; aquella niña iba a llegar lejos, podía conseguir todo lo que se propusiera.

Soñaba con ser rica, porque dinero es poder, y se dio cuenta de que la forma más fácil sería sacarlo de otra persona. No iba a ser difícil; estaba acostumbrada a que todo el mundo le diera gustosamente lo que ella exigía. Los otros niños eran especialmente fáciles de manipular: tenía siempre los deberes perfectamente hechos y el mejor estuche de toda la clase, lleno de plumas caras, gomas de borrar en forma de animalitos y rotuladores de colores. Jugaba con los niños al escondite y a atrapar y nunca le tocaba ser la que buscaba o la que perseguía. Sin embargo, con las niñas era distinto.

Un día quiso unirse a las otras niñas que estaban haciendo pasteles de barro, pero éstas le dijeron que se fuera a jugar con los niños y le llamaron una palabra que ella no había oído nunca, pero que podía adivinar que no era nada bueno, la peor palabra que alguien podía dirigir a una niña. Como no se iba, empezaron a empujarla. Ella quiso defenderse, pero eran muchas contra una. Entre dos la agarraron y las otras le embadurnaron toda la cara de barro. Al fin la soltaron y se fue corriendo y llorando, herida por la humillación, pensando en una venganza.

Volvió, aún con la cara manchada de barro, con la ayuda de unos cuantos chicos y se fue con un mechón de pelo rubio entre los dedos que le había arrancado a aquella niña que le había insultado con esa palabra que a partir de entonces tendría que volver a oír muchas veces. Las niñas la rechazaban y se inventaron una cancioncita sobre ella que cantaban a escondidas y no tan a escondidas (“Irene, Irene, la puerca de Irene, que enseña las bragas a todo el que quiera” decía el estribillo). Al principio se peleaba con ellas con lágrimas en los ojos y el orgullo herido, pero pronto aprendió a ignorarlas. No le importaba no tener amigas; tenía todo lo que podía desear y más. O como mínimo no le importaba hasta que no empezó a hacerse mayor y empezó a fijarse en la forma de los cuerpos de las otras chicas que se intuían bajo la ropa, a imaginar lo suave y aterciopelada que debía ser la piel sus brazos, piernas y vientre, e incluso a soñar lo agradable que sería poder abrazar sus cuerpos cálidos.



Molly

He sacado la mejor nota de la clase en el examen de historia, pero sólo porque es una asignatura que a Sherlock no le interesa. Hoy ni siquiera ha venido a clase. Le he preguntado a John si sabía por qué y me ha contestado que no tenía ni idea, que por lo que él sabía podía estar en Rusia asesorando el KGB. Pero lo ha dicho sin acritud. Me cae bien John. Las otras chicas comentan que es un magreo seguro, que no besa mal, y que para cuando le pides que lo haga. Alguna vez he pensado en ello, pero sería demasiado raro y no estaría bien. Por la tarde he jugado a bádminton con mi padre y me ha dejado ganar. Antes de la cena he mirado “Cifras y letras” y he ido apuntando en un papel la puntuación que hubiera sacado si estuviera en el programa y resulta que habría ganado a los dos concursantes por un margen de dieciocho puntos.






II.


Sherlock

Sherlock estaba tumbado en la cama, agarrando con una mano su violín y con otra el arco, pero sin intención de tocarlo, sin hacer nada más que mirar el techo. Oyó unos pasos sigilosos que se acercaban a la puerta de su habitación y adivinó que era John.

- John, no hay ninguna necesidad de ir de puntillas.

- Es que la señora Hudson me ha dicho que estabas en cama enfermo - dijo John en voz baja, después de haber abierto lentamente la puerta.

- Sí, pero no hay necesidad de hacer toda esta comedia, el ruido no me va a matar.

- ¿Qué tienes? ¿La gripe?

- No, algo mucho peor, la peor de todas las enfermedades: el aburrimiento.

John resopló y, en voz muy alta, exclamó que lo que tenía era mucha jeta. Lo dijo tan alto que la señora Hudson se apresuró a entrar en la habitación, le regañó por gritar y le ordenó que tuviera más cuidado y respeto por los que estaban enfermos.

- Señora Hudson, lo que tiene Sherlock es mucho cuento. Creo que el nombre científico es cuentitis – protestó John irritado y, al ver la media sonrisa de Sherlock, aún se sulfuró más.

- Jovencito, si no tienes respeto por los enfermos, te voy a agarrar de la oreja y te voy a arrastrar fuera de esta casa, ¿me has entendido?

- Oh, señora Hudson, no será necesario; a partir de ahora John se va a comportar perfectamente, ¿verdad, John? – intervino Sherlock.

- Sí – refunfuñó John, conteniendo su mosqueo.

Cuando estuvieron solos de nuevo, Sherlock, sin salir de la cama, se incorporó y con un tono neutro anunció que sólo lo venía a ver cuando le daban calabazas.

- ¡He venido a verte porque no has venido al instituto en toda la semana!

- No me mientas, veo que Jenny aún no te deja ponerle la mano bajo la blusa y, al menor intento, te suelta un bofetón.

- ¡Se llama Mary!

- Mary, Jenny, Polly, Sally… lo que sea. No tiene importancia. ¿No pretenderás que me moleste a aprenderme el nombre de todas?

- Si no quieres hacerlo, es sólo para fastidiarme.

- No entiendo por qué te molestas. Hay formas mucho más sencillas de satisfacer estos impulsos que sientes. Y sin necesidad de depender de otra persona.

- ¿Es esto lo que tú haces? Me gustaría saber en qué piensas. ¿En la tabla periódica? ¿En lo inteligente que te crees?

- En realidad es sólo una cuestión de estimulación física…

- ¡No, cambio de opinión! ¡No quiero saberlo! ¿Es que no entiendes el concepto de “demasiada-información”? – protestó John, pero como Sherlock seguía hablando, se tapó las orejas y empezó a entonar una melodía inventada y nada melodiosa para no oírlo, compuesta de una sola nota (“la”) y encima desafinada.

Sherlock ya se había callado, pero John no se había enterado y seguía con su parodia de canción, hasta que una mano le agarró del brazo y se dio cuenta de que era la de la señora Hudson.

- ¿Qué es este escándalo, jovencito? ¡Fuera de esta casa! ¿No ves que Sherlock no se encuentra bien?

Y acto seguido, cumplió con su amenaza y sacó a John de la casa tirándole de la oreja, por más que él dijera que no era necesario, que ya se marchaba él solito por su propio pie.



John

Esta tarde había perdido el autobús y estaba solo esperando el siguiente debajo de la marquesina, porque estaba lloviendo a cántaros. De repente un coche que no conocía se ha detenido delante de mí y quien iba dentro ha bajado la ventanilla. He visto que me dirigía la palabra, me he quitado los auriculares pero he dejado que la música del walkman siguiera sonando, que Kylie Minogue siguiera cantando, y me he acercado pensando que era alguien que se había perdido y quería pedirme direcciones. Era un chico de unos veinte años que no había visto nunca antes; me ha preguntado si yo era John Watson y, después de responderle que sí, me ha dicho que él era un amigo de Harriet de la universidad, que subiera al coche porque había sucedido algo en casa y tenía que apresurarme. Por un instante he temido lo peor y no he vacilado en subir al coche, aunque ha sido cerrar la puerta y empezar a asaltarme las dudas. Él conducía y seguía hablando, pero yo ya no le escuchaba; estaba pensando y de pronto he caído en la cuenta. Le he dicho que él no conocía de nada a mi hermana. Él, en lugar de negarlo, en lugar de insistir en sus mentiras, simplemente ha sonreído con la comisura de los labios y ha preguntado qué era en lo que había fallado su historia. Yo le he dicho que Harriet siempre ha odiado su nombre y que ha conseguido que todo el mundo (menos nuestra madre) le llame Harry.



Entonces, él ha vuelto a sonreír de esa manera enigmática y ha dicho que, de todos modos, sí que teníamos un conocido en común. Yo le he preguntado qué quería y él ha parado el coche al lado de la carretera y ha contestado que quería que vigilara a Sherlock. Me he fijado en que la puerta estaba cerrada y él ha debido verlo porque me ha preguntado si tenía miedo. Yo le he dicho que no y he añadido que era porque él tampoco parecía muy amenazador, él ha vuelto a sonreír de esa forma que me empezaba a poner nervioso y me ha ofrecido dinero para informarle en todo momento de lo que estuviera haciendo Sherlock. Yo le he preguntado de qué conocía a Sherlock y él ha entornado los ojos y ha soltado un suspiro que pretendía ser misterioso, pero después me ha explicado que Sherlock probablemente diría que él era su archienemigo. Yo he comentado que “archienemigo” era una palabra muy melodramática y decimonónica. Él ha vuelto a medio sonreír y ha apuntado que Sherlock es así. Seguía sin tener ni idea de quién era, pero estaba claro que, en todo caso, sí que conocía a Sherlock.



Cuando ha comprendido que, por más que insistiera, no iba a aceptar su oferta, ha vuelto a arrancar el coche y se ha ofrecido a llevarme adonde iba. Le he dicho que él no sabía adónde iba y él ha sonreído otra vez. Ciertamente debía saberlo porque ha aparcado el coche delante de la casa de Sherlock. Seguía lloviendo pero yo, sin decir nada (porque, por más que pueda parecer de mala educación, no quería darle las gracias ni decirle adiós a un tipo que había intentado comprarme), me he apresurado a salir del coche. Él también ha salido, ha abierto su paraguas y me ha acompañado hasta la puerta de entrada protegiéndome de la lluvia. Aún sin decir nada, él ha sacado una llave y ha abierto la puerta. Yo no entendía nada, he balbuceado un “¿cómo?” (que debe haber sonado algo ridículo) y él me ha dicho que Sherlock ya me lo explicaría. Ha saludado efusivamente a la señora Hudson y ella se ha dirigido a él por un nombre muy raro que no había oído nunca y que no he captado a la primera. Él me ha vuelto a mirar y me ha dicho que Sherlock estaría en su habitación tramando algo o bien quejándose de lo aburrido que era todo.



Efectivamente Sherlock estaba en su habitación, estaba escribiendo algo a máquina, probablemente estaba pasando a limpio las conclusiones que ha sacado de un estudio que debe haber hecho sobre la forma del cráneo y la posibilidad de de convertirse en un psicópata, o algo por el estilo, algo que luego enviará a una revista científica, que invariablemente le rechazarán, y luego él se pondrá de un humor insoportable durante unos días y llamará idiota a todo el mundo. De todos modos, por más espeluznante que pueda ser el tema del texto, no creo que escribir un artículo que nunca saldrá a la luz se pueda calificar como “tramar algo”. Cuando le he preguntado quién era el tipo que había intentado pagarme para espiarle y que ahora estaba en el salón tomando el té con la señora Hudson, él ha seguido tecleando, ha hecho una mueca de disgusto y me ha preguntado si había aceptado el dinero. Yo me he indignado y le he contestado que por supuesto que no. Él ha hecho otra mueca, esta vez de decepción, y ha dicho que era una lástima porque podríamos habernos repartido el dinero. Resulta que el tipo misterioso se llama Mycroft y que es el hermano mayor y tutor legal de Sherlock hasta que éste cumpla los dieciocho. Juro que a veces no entiendo a Sherlock por más que lo intente.





Jim

Cuando Jim se dirige a su clase de geografía, con las manos en los bolsillos tarareando en su cabeza “Video killed the radio star” (porque hoy se ha levantado de buen humor por ninguna razón en particular) se encuentra que delante de la puerta de la clase hay un tumulto de gente. No consigue ver nada porque garrulos que le sacan una cabeza le tapan la visión, pero no puede ser nada más que una pelea. Hoy se ha levantado de muy buen humor (y quizás sería bueno aclarar que detrás de este buen humor sí que hay una razón en particular: sus “negocios” marchan muy pero que muy bien) y, cuando Jim está de buen humor, siente curiosidad incluso por trivialidades, así que se escurre entre la masa de zopencos porque quiere ver quién se está peleando.

Dos cuerpos están enlazados en una pelea torpe que más bien tiene un aire de abrazo entre dos borrachos que no se tienen en pie. Por la camisa azul celeste pulcramente metida dentro de los pantalones y el cinturón de piel marrón reconoce que uno es el de Blake Miller. Y por la chupa de cuero y el pelo demasiado largo reconoce que el otro es el de Sebastian Moran. Miller intenta golpear con el puño el costado de Moran y éste no es capaz de esquivarlo ni detenerle, como si ni siquiera lo intentara, pero como los dos aún están agarrados y el ángulo no es el adecuado, los golpes son débiles. Las peleas de instituto siempre son insulsas y decepcionantes, pero es lo único que hay. Los dos no se sueltan y van empujándose como si quisieran imitar a unos imitadores que parodian a luchadores de sumo. Pero el coro de espectadores que los rodea parece encantado y vitorea sus nombres.

Al fin se sueltan y Jim ve en el rostro de Miller la típica rabia y en el de Moran una frialdad parecida a la indiferencia. Entonces tiene claro por quién apuesta. Jim se ha fijado que los adolescentes que se ven involucrados en peleas se dividen básicamente entre los que se dejan guiar por el miedo y los que lo hacen por la ira. Y las dos emociones son igual de perniciosas. Antes de llegar a la posición de la que disfruta ahora, Jim ha tenido que defenderse en varias ocasiones de abusones cortos de entendederas que, sólo porque él era más bajo y delgado que ellos, se creían que sería una víctima fácil. En estas ocasiones se ha defendido con uñas y dientes y con golpes bajos aprovechándose de los puntos débiles de sus contrincantes, demasiado ensimismados en su estado de sobreexcitación y ofuscados por la subida de adrenalina.

Pero Moran, ahora se da cuenta, pelea de una forma que nunca ha visto antes. La respiración de Moran es regular y su expresión calmada. Parece que ni ataque ni se defienda, pero cuando asesta un solo golpe en el estómago de Millar éste cae el suelo doblándose de dolor. Es como si sus movimientos fueran una coreografía innata, como si lo llevara en la sangre. Y lo mejor de todo es que, a pesar de su aire indiferente, Jim intuye que está disfrutando de cada segundo. Entonces Jim siente como si una mano cálida le hurgara en las tripas. Es una sensación nueva, pero no desagradable. Finalmente llegan dos profesores, los separan y se los llevan al despacho del director, y a Jim se le acaba de ocurrir que sus negocios pueden ir aún mejor si Sebastian Moran está a su lado.



Sebastian

Nadie me ha sabido decir realmente quién es JM. Para algunos es un empollón rarito, para otros el gracioso de la clase, para unos otros un maricón, pero para la mayoría un tío normal. JM conoce a unos cuantos camellos y es gracias a ellos que abastece a todo el instituto: vende anfetas a los empollones que quieren pasar noches en vela estudiando, esteroides a los deportistas, coca a los fiesteros, incluso Special K a algún salido que se quiere beneficiar a alguien, y evidentemente también maría a todo el mundo. Es un negocio que no puede fallar, porque nunca faltará la demanda. JM nunca las vende en persona. Siempre ha delegado. Pocos saben que es él quien está detrás. Me ha dicho que si se lo cuento a alguien me arrancará el hígado y se lo dará de comer a los gatos callejeros. Le veo capaz de hacerlo; cierto que yo soy más fuerte, pero siempre podría darme algo del Special K que le ha sobrado y rajarme mientras estoy inconsciente. Pero no se lo diré a nadie porque, si lo digo, se termina el negocio para mí y el dinero me vendrá bien. La droga es la base de su negocio, pero no su única actividad: también se dedica a vender cosas como las preguntas que saldrán en un examen con antelación. Le he preguntado cómo las roba. Él se ha puesto a reír y ha dicho que todo el mundo tiende a buscar respuestas complicadísimas, pero que la verdad normalmente suele ser mucho más simple: tiene sobornado al conserje que fotocopia los exámenes. También me ha explicado que se rumorea que también es capaz de arreglar trabajitos como dar un susto a alguien. Sonriendo, ha añadido que “susto” es sinónimo de “paliza” pero que puede que esto sólo sean rumores, como si él no supiera la verdad. Me ha dicho que el plan es escenificar un traspaso de poderes y que no hay mejor forma que pelearme a la vista de todo el mundo con su (cito literalmente) “lacayo… perdón, quiero decir socio”. No me importa cómo me llame dentro de su cabecita mientras me pague lo que me ha prometido. Yo desde el primer día supe que no era un tipo normal. Pero también es cierto que normal es lo peor que puedes ser en esta vida.





Irene

Como cada martes por la tarde había ido a la tienda de Carl, porque Carl recibía nueva mercancía todos los lunes por el mediodía. Esa semana no había llegado nada que le interesara, pero Carl le dijo que hablara con ese chico de la chupa de cuero, porque solía pillar muchas cintas pirata de conciertos y que era un buen tipo, así que, si le interesaban, probablemente le dejaría grabarlas.

Lo había visto alguna que otra ocasión: rondando por la tienda, curioseando metódicamente entre los discos. Irene se acercó sigilosamente y, adoptando un falso tono grave y melodramático, le dijo:

- Sabes, te tengo que dar una muy mala noticia, pero tienes que prometerme que serás fuerte.

El chico se la miraba con los ojos muy grandes y muy abiertos, incrédulo y confuso, pero tampoco demasiado.

- El punk ha muerto.

- Yo también tengo una mala noticia para ti: te crees muy graciosa pero no lo eres nada – respondió él con un tono neutro.

- Una chica no necesita ser graciosa. Si es bonita, siempre habrá alguien que le ría todas las gracias.

- En todo caso, no seré yo, así que tendrás que buscarte a otro.

- No seas presuntuoso, la oferta que yo quería hacerte no era de este tipo. Carl me ha dicho que tienes bootlegs no sólo de los Ramones, yo tengo una maría muy buena, ¿por qué no vamos a tu casa a colocarnos y a escuchar música?

El chico, que se llamaba Sebastian, no dudó ni un segundo y aceptó. Irene se sintió algo decepcionada por tener que ir a su casa en autobús.

- Esperaba que tuvieras una moto – dijo.

- La tenía, pero mis padres la vendieron después de que me expulsaran del último colegio.

- ¿El último colegio? ¿Esto quiere decir que te han expulsado de más de uno? – preguntó Irene y él simplemente asintió encogiéndose de hombros – Interesante, un rebelde punk que no sólo divaga sobre la doctrina del no future sino que incluso la aplica a su vida. Debes ser de los pocos.

Ella sonreía y él meneaba la cabeza. Irene no tardó mucho en llegar a la conclusión de que no era muy hablador. Sin embargo, después, sentados al fondo del autobús, casi tuvo que reconsiderar esta opinión. Hablaron de música, discutieron sobre si dentro de veinte años la gente recordaría grupos como The Shop Assistants o Josef K, sobre qué disco de Orange Juice era mejor, sobre si el debut de Television Personalities era un disco perfecto o el disco más perfecto de la historia, o sobre si la carrera en solitario de Morrissey iba a ser algún día tan buena como la de The Smiths.

Más tarde, estaban tumbados en la cama, pasándose un porro, y en completo silencio porque estaban escuchando música; Sebastian había puesto el volumen del estéreo al máximo porque le estaba grabando en una vieja cinta usada la copia pirata que había conseguido de un concierto de The Slits. Cuando ya estaba bien colocada, Irene le gritó por encima de la música que ella también había pasado por una época punk y que incluso se había teñido el pelo azul. Ella lo vio sonreír por primera vez y luego confesar a gritos que él una vez se lo había teñido verde. Irene supo que aquél era el momento de besarlo.

Ella empezó de forma suave, rozando sus labios, tanteando su boca con la lengua, de una manera presuntamente tímida, esperando que fuera él quien tomara la iniciativa, porque a los chicos les gusta creer que son ellos quienes llevan la iniciativa. Sebastian le seguía el juego con indolencia, sin rechazarla pero tampoco alentándola. Aún así, siguieron besándose lentamente hasta que la música paró de golpe porque se había terminado la cara A. Sebastian se levantó y fue a cambiar la cinta. En cuclillas, delante del estéreo, sin girarse para mirarla, le dijo que así no iba a conseguir nada de él, que si quería algo, se lo pidiera sin rodeos y que, si a él le parecía bien, se lo daría, pero que un magreo no cambiaría nada.

La música volvió a sonar a todo volumen y Sebastian volvió a tumbarse en la cama. Irene se deslizó hacia él y le gritó en la oreja que, si de verdad era así, casi prefería ahorrarse los besos y sólo escuchar la música. Sebastian se encogió de hombros. Cuando también se terminó la cara B, Irene retomó el tema y recalcó que conocía a muchísimos chicos con padres con tanta pasta o más que él. Sebastian no dijo nada.

- Lo malo es que no siempre es fácil sacársela. A veces me tengo que molestar en montarme tales películas para venderles la moto que acabo con el cerebro estrujado.

- Pues, yo conozco a alguien que te podría ayudar con esto…



Molly

Hoy era sábado y, como muchos sábados, Sherlock me ha pedido que pillara la llave de mi padre y nos coláramos en el laboratorio donde trabaja. Debería decirle que no, porque siempre que pasamos un rato juntos acaba diciendo algo hiriente, pero siempre acabo diciéndole que sí. Supongo que me gusta ver cómo trabaja, cómo piensa, cómo se detiene un momento, mira al vacío y da la sensación de que el tiempo se ha detenido y casi puedo oír como, detrás de sus pupilas, en su cerebro se produce como un pequeño estallido que significa que ha descubierto lo que sea que estaba buscando.



John también ha venido. Cuando se ha cansado de curiosear entre tubos de ensayo, ha exclamado que debíamos ser los quinceañeros más aburridos de la historia por pasar un sábado por la noche analizando ceniza de cigarrillos. Por decir algo, yo he dicho que, de hecho, lo que estábamos haciendo era ilegal y, por lo tanto, más inusual y emocionante que emborracharse con cerveza e intentar ligar con alguien. Ha sido entonces que Sherlock ha dicho que definitivamente era mejor que yo no intentara ligar con nadie, porque la última vez que lo hice fue con un futuro maestro del crimen que casi mata a John. Y, por si no fuera suficiente, ha añadido que sería mejor que hiciera lo que dicen las otras chicas de la clase que voy a hacer de mayor y me metiera a monja.



Luego John ha exclamado “¡Sherlock!” en ese tono suyo serio y sensato que es un regaño, me ha mirado incómodo y ha puesto su expresión compasiva, porque por lo visto no entiende que esto me duele aún más que cualquier cosa que pueda decir Sherlock. La compasión, como si yo fuera algo débil que debe protegerse, algo frágil que merece una consideración especial, me duele infinitamente más que cualquier palabra hiriente de Sherlock.


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